Cuando hablamos de leyendas urbanas, bien sean de terror, de misterios o simples cuentos que resultan interesantes, no hay forma en que podamos dejar de lado al bellísimo país que es México. Su vasta cultura le ha conferido a este país y a su gente, una gran cantidad de historias y leyendas que muchos de nosotros podemos conocer.

La leyenda del chupacabras, la llorona, el jinete sin cabeza; muchas tienen un epicentro en este país, en el que además de ello, rinden en algunas partes un culto a la santa muerte. Todo esto hace que este país sea muy misterioso, y que de él salgan leyendas que pueden poner los pelos de punta, o hacer pasar un buen rato a quienes las escuchan.

Dentro de sus límites, encontramos Michoacán, que es también un Estado que ha sido tocado por la magia de las leyendas urbanas, llegando a tener muchas de estas que permiten que en el lugar se respire un aire de misterio, más aún al caer la noche, cuando parece que estas leyendas cobran nueva vida y nos acechan en la oscuridad. En este post conoceremos algunas de esas leyendas que llenan esta gran ciudad.

Conozcamos un poco más sobre Michoacán

Michoacán es uno de los treinta y un estados que, junto a la ciudad de México, conforman lo que se conoce como los Estados Unidos Mexicanos. La capital de este es la ciudad de Morelia, y se encuentra ubicado en la región oeste del país. Fue fundado el 22 de diciembre de 1823.

Este estado encuentra dividido en 113 municipios. Su capital, antiguamente llamada Valladolid, ha cambiado su nombre en honor al héroe de la independencia de México: José María Morelos y Pavón.

Este estado ha sido investigado de forma arqueológica durante mucho tiempo. Se han encontrado restos arqueológicos, así como recursos históricos, como la obra de 1522, titulada Relación de Michoacán.

De estos registros se ha podido conocer que los primeros pobladores del lugar fueron determinadas tribus chichimecas, que arribaron en tiempos distintos y que por lo tanto evolucionaron de maneras diferentes. Se dice que es gracias a estos ancestros indios, que la tierra en cuestión posee trazas de magia, que permiten que las leyendas proliferen en su territorio.   

Es un estado con una gran cultura, que sigue teniendo una gran conexión, como en gran parte del país, con lo que se refiere a su cultura indígena. Muchos de los cuales residen en la región. Cuenta también con maravillas naturales y arquitectónicas que también fueron construidas por sus indios. Es por esta y muchas razones, que este estado se encuentra reclamado como un Patrimonio cultural de la humanidad. Y no podía ser para menos, pues es un estado que rebosa de cultura. Sus bailes y festivales, dedicados a los santos, y a los dioses indios, son una buena parte de este legado, así como también su gastronomía, en la que proliferan los sabores fuertes y especiados, pero que al mismo tiempo resultan tan amenos al paladar.

Sus leyendas también parecen haberse extendido por toda la región, pues en cada poblado pueden encontrarse diversas leyendas urbanas que son tan fascinantes como antiguas.

Las leyendas más populares y conocidas de Michoacán

En una ciudad tan grande y llena de cultura como lo es la ciudad de Morelia, no es poco común que también existan numerosas leyendas urbanas que puedan hacer que las personas se piensen dos veces las ideas en su cabeza. Algunas de estas pueden resultar terroríficas, y otras bastante entretenidas. A continuación, algunas de estas:

La mujer de blanco en el salto

Cuentan que en una cascada conocida como El Salto, en ciertas noches de luna, ha podido avistarse a una mujer vestida de blanco que se aparece de manera misteriosa. Se dice que es una mujer solitaria, muy hermosa y con una larga cabellera color negro azabache que contrasta con lo blanco de su ropa y de su piel. Se dice que anda sigilosa y elegantemente por la orilla del río, y que cuando camina pareciera levitar, ya que jamás ha dejado huella alguna en el lodo por dónde camina.

Según la mayoría de las versiones, no se trata de “La Llorona” (otra conocidísima leyenda mexicana), aunque otras afirman que sí se trata de esta, pues la han escuchado llorar, a pesar de que su llanto se confunde con el estruendo de la caída del agua.

Cuenta la leyenda que aquellas personas que han visto a esta aparición fantasmal han caído enfermas por el susto.

Por ejemplo, una tarde fueron unos amigos a nadar a la cascada, y a pesar de que debían haberse ido temprano, se quedaron allí hasta que se les hizo de noche. Como aquella noche había luna llena, decidieron quedarse más tiempo, disfrutando del rumor de la cascada y el ambiente nocturno. No pasó mucho tiempo antes de que vieran a una mujer solitaria que se aproximaba a la cascada.

Esto se les hizo raro a los muchachos, pero al mismo tiempo les embargó la emoción, pues pensaron que al estar sola podrían espiarla mientras se bañaba. Pero de pronto les vino un terror insoportable una vez que uno de los muchachos le lanzó a la mujer un piropo y esta volteó a mirarlos. No pudieron verle el rostro, pero cuentan que ella lanzó un chillido infernal. Los muchachos se fueron corriendo despavoridos, y por el susto se pasaron varios días enfermos. Dejaron de comer, y no podían dormir debido a las pesadillas.

Finalmente, y gracias a que la mamá de uno de ellos consiguió una curandera, quien a todos les hizo “una limpieza” pudieron sanarse. Desde entonces, ninguno ha vuelto a la cascada de noche.

La cañada de las vírgenes

En uno de los rincones más profundos de aquello que se conoce como la sierra Madre Occidental, rompiendo las rocas a una altura considerable, un alegre chorro de agua irrumpía al vacío y caía generoso sobre un estanque cristalino de fondo verde y peces amarillos.

Debido a que las arrugas de la sierra eran muy apretadas por allí, no había quién disfrutará del agua fresca que salía de las montañas. En ocasiones, los moradores del poblado de Uruapan, o sus alrededores, se aventuraban a realizar expediciones a aquel sitio de leyenda, pero eran muy pocos los valientes que se atrevían realmente, puesto que, sobre aquel lugar pesaba una oscura historia.

Según algunos de los que llegaron al lugar, las pruebas de que tal leyenda era cierta yacían a un lado del estanque; la prueba eran tres rocas, dispuestas dos de ellas formando una cama y la tercera, de forma triangular y puntiaguda, tirada a un lado.

La gente contaba que en tiempos prehispánicos allí se reunían los mexicas de los alrededores a realizar los sacrificios que la ley de los tarascos les impedía hacer en Michoacán se contaba que aquellas vírgenes que habían sido sacrificadas en aquella cama de piedra no habían abandonado el lugar, quedando aprisionadas en la piedra y en el mismo estanque sus espíritus. Y más de alguna persona tenía un conocido cuyo primo o hermano se había ahogado allí.

A los hombres que entran, las vírgenes les jalan los pies“, cuenta la gente.

Se dice que no importa lo valiente y arrojado que seas, ni tampoco lo fuerte que sepas nadar. Una vez que entras al traicionero estanque, las vírgenes que yacen dentro de este te jalarán los pies, y te llevarán con ellas al mundo de los muertos.

La leyenda de la fuente del ángel

La Fuente del Ángel fue una construcción llevada a cabo por el Cabildo de la Ciudad de Morelia en 1871, con el fin de surtir de agua a los vecinos de la rinconada que forman las antiguas calles denominadas del Tecolote y del Alacrán, ahora García Obeso esquina con Guerrero, en un terreno que perteneció anteriormente a la huerta del Convento de San Agustín.

El nombre de Pila del Ángel, se le da debido a una leyenda que lleva mucho tiempo contándose entre los vecinos, que reza que un día un ángel descendió desde lo alto del cielo para salvar de la muerte a una niña que se ahogaba en la pila.

Hace mucho tiempo en la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, una señora que fue a España de visita con su esposo, se reunió con sus amigas en dicha fuente para conversar al llegar de su viaje. Todas querían saber cómo era aquel hermoso país, así que todas se sentaron cerca de la fuente, y todas llevaron a sus hijos. La mujer les contó que había muchos palacios y colonias muy hermosas y que trajo muchos vestidos de aquél antiguo y magnífico país.

No pasó mucho tiempo antes que su pequeña niña le dijese a su madre que tenía mucha sed, y la madre, en respuesta, le dijo que pronto volverían a casa y allí le daría a beber un vaso de jugo. Pasó un rato y la niña insistió en que tenía sed, y ella le contestó lo mismo. Después de otro rato, la niña, desesperada, insistió de nuevo a su madre que tenía sed y su madre para que se tranquilizara le dijo que bebiera agua de la fuente, ella se inclinó para beber y de repente cayó al agua y al no poderse incorporar, empezó a ahogarse y a gritar.

La madre al principio no la escuchaba, pero al no encontrarla se dio vuelta y vio que estaba dentro de la fuente. La mujer también comenzó a pedir auxilio cuando, de repente, justo un momento antes de que la niña se ahogara, un ángel descendió del cielo, justo sobre la fuente, tomó en sus brazos a la niña que se ahogaba, y la depositó con ternura en los brazos de su madre para luego, así como había llegado, desaparecer de vuelta a los cielos.

El hospital fantasma de Morelia

Esta leyenda tiene origen en un hospital de Morelia, Michoacán, en México. Se trata de la leyenda de un hospital que continúa activo, pero que en sus pasillos se han llevado a cabo apariciones y escenas truculentas que muy pocas personas han podido conocer, y que siguen sin explicación. Entre ellos destaca el vigilante del edificio, que es quien sabe con certeza las cosas extrañas que suceden dentro del hospital cuando prácticamente no hay ninguna persona rondando en el interior.

Se cuenta que dentro de la sala de operaciones, mejor conocida como quirófano, se aparece todas las noches un hombre que atraviesa las paredes, y que de vez en cuando, dentro de esta, se escuchan gritos desgarradores, los cuales se cree son provenientes de esa alma en pena que aún no descansa.

En la morgue del hospital, el lugar al que trasladan los cuerpos de los fallecidos, se escuchan también ruidos raros, vidrios que se rompen, rechinar de puertas y pasos que suenan aunque no haya nadie dentro.

También al pasar por ese recinto puede embargarte una sensación escalofriante: como si alguien estuviera vigilando todo el tiempo.

En la sala de terapia intensiva, que se encuentra en el octavo piso del hospital, los testigos que han presenciado esta aparición cuentan que por las noches se aparece una mujer con una bata blanca que camina por los pasillos en absoluto silencio, dejando a su paso una manchas de sangre en el piso y las paredes que después de un tiempo desaparecen.

El vigilante del edificio cuenta que la extraña mujer que aparece en el octavo piso, tiene su propia historia: a esta mujer le hicieron un trasplante de riñón, pero lamentablemente el órgano no funcionó como debía, y ella, al ver las pocas esperanzas que le quedaban de vida, decidió optar por el suicidio, lanzándose desde una de las ventanas del octavo piso.

La leyenda de la mano en la reja

En una casa de la calzada de Guadalupe, en Morelia, vivió hace tiempo don Juan Núñez, acompañado de su única hija, Leonor, producto de un primer matrimonio, y su nueva esposa doña Margarita de Estrada.

Esta mujer era una mujer muy rabiosa, y sumamente irritable; tenía odio y envidia desmedidos hacia la hija de su esposo, la cual era dueña de una gran belleza y un corazón de oro, heredado de su madre. La mujer le tenía tanta envidia, que no permitía que la muchacha saliera e hiciera las cosas que acostumbran las gentes de su edad, sino que la obligaba a pasar todo el día en casa haciendo los quehaceres domésticos.

Sin embargo, Leonor a escondidas, curaba las heridas a los fieles que iban al Santuario Guadalupano, así fue conocida como: “el ángel de San Diego”. Mientras realizaba estos trabajos, de ella se enamoró don Manrique de la Serna, quien de inmediato quiso presentarse ante don Juan, mostrado sus intenciones.

Don Juan aseguró que sólo cedería a su hija en matrimonio si el pretendiente conseguía que el virrey pidiera su mano a través de una carta. Pero Manrique era astuto, y quiso primero asegurarse que tenía el amor de Leonor, antes de comenzar con tan difícil empresa. Concertó con la muchacha una cita mediante una carta, y acordaron verse a las ocho de la noche, cerca de una calzada.

Para ahuyentar a los curiosos que pudieran estar buscando por ahí lo que no debían, vistió a su paje de fraile, luego de haber pintado en su rostro una calavera, y le hizo pasearse de un lado a otro a lo largo de la calzada como ánima en pena.

El fingido difunto iba y venía a lo largo del muro donde estaba la reja del sótano, la gente que se atrevía a verle la cara, corría despavorida, lanzando gritos de terror. Mientras tanto, Manrique se acercaba para platicar con Leonor.

Noche tras noche, Manrique se iba al lugar donde Leonor se hallaba, y su paje continuaba con su caminata por la calzada. De esta forma, la gente se acostumbró a ver al espanto, y estaban temerosos siquiera de salir de sus casas.

Pero doña Margarita, maliciosa como era, anduvo espiando y descubrió el engaño, dándole este motivo suficiente para hacer prisionera a Leonor en su sótano. Cuando la muchacha quiso salir al siguiente día, no pudo hacerlo, pasó todo aquel día llorando y sin comer. Nadie notó su presencia, pues ese día su padre estaba de viaje, y su amado había partido para hacerse con el encargo de la carta del virrey

En espera de su amado, y tratando de no morirse de hambre, Leonor sacaba por entre la reja su mano pálida y huesuda, con el fin de implorar y suplicar una limosna a los transeúntes, que siempre ponían en ella un pedazo de pan. Como el temor al espanto se había acabado, pues ya no se veía al fraile ir y venir, lo cambiaron por el miedo a la pálida extremidad que pedía la caridad pública, con voces débiles y lastimeras. Doña Margarita se inventó entonces que su hijastra Leonor padecía de locura.

Un día día de Corpus Christi Manrique regresó con la carta del virrey. Don Juan, asustado, envió por su hija. Sin la presencia de doña Margarita, los criados, le descubrieron el escondite. Abrieron la puerta y quedaron petrificados al encontrar a la pobre Leonor, muerta en el sótano.

En el acto, fueron aprehendidos tanto el padre, la madre como los criados, siendo castigados por el crimen o su complicidad en él. Manrique vistió el cadáver con el traje blanco de boda que llevaba para ella, dándole suntuosa sepultura en la iglesia de San Diego.

Tiempo después de esta terrible situación, se podía ver nuevamente una mano demacrada y blanca que, a través de la reja del sótano pedía: ¡Un pedazo de pan, por el amor de Dios!

Se dice que hasta el día de hoy, en esa casa de color rojo, se escucha la dolorida voz pidiendo alimento.

La mano negra en el convento de San Agustín

Cuenta la leyenda que allí estaba una noche el padre Marocho, leyendo bajo la luz apenas suficiente de una triste vela.

En la soledad de su celda, este hombre ilustrado no hacía más que disfrutar de la grandeza del silencio, un silencio en el que las bajas pasiones se apagaban y sólo quedaba la razón.

En algún momento se escuchó un ruido extraño, que hizo que el padre Marocho volviera su rostro, y se encontrara con una mano negra que apuntaba en la oscuridad de la noche.

Este descubrimiento en realidad no causó en el padre ningún sobresalto, sino por el contrario, el hombre estableció una comunicación con quién había perturbado su lectura.

―Ahora para evitar travesuras peores, con una mano me tiene usted en alto la vela para seguir leyendo y con la otra me hace sombra a guisa de velador, a fin de que no me lastime la luz. ―dijo el hombre, con voz pausada y sin ningún sobresalto.

Y así mismo pasó, durante esa noche, el padre tuvo ahora dos manos negras sin brazos que le acompañaban en su lectura; una que le sostenía la vela para que pudiera leer, y la otra que le hacía sombra para que no lastimase su lectura.

Y llegada la madrugada, cuando la luz de las velas ya no fue necesaria, el padre, bostezando, volvió a hablar con las manos.

―Pues bueno. Apague usted la vela y retírese. Si necesito de nuevo sus servicios, yo le llamaré.

Mientras el padre bostezaba, restregándose los ojos, se oyó un ruido sordo de alas detrás de su cabeza, lo cual no perturbó ni su bostezo ni su mente.

La celda del padre Marocho se ubicaba en el pasillo que va de oriente a poniente, y se hallaba iluminado en el centro por una cúpula. La celda era la última del poniente a mano izquierda, con su ventana para la huerta del convento. Desde allí, como en un observatorio, aquel artista contemplaba un espléndido panorama. Las desiguales azoteas de las casas de aquel barrio, la loma de Santa María y el cerro azul de las Ánimas, sirviendo de fondo al paisaje.

A estas alturas ya existía una especie de comunicación establecida entre el padre Marocho y esas manos negras cuyos brazos desaparecían en la oscuridad de la noche. De la misma forma en que le ayudaban a sostener las velas para que leyese, también le acercaban los pinceles en las noches mientras que el hombre se decantaba por la labor artística.

Una noche, víspera de su partida del convento al ir el padre Marocho a recogerse, vio en cierto lugar de la celda la misma mano negra que apuntaba a un lugar en concreto. Él no hizo caso alguno, porque no tenía, y por su profesión tampoco podía tener hambre de tesoros. Cerró sus ojos y se durmió.

Se cuenta que muchos años después, un joven que terminó habitando en la misma celda, se encontró un tesoro al ir en la dirección que le apuntaba una mano negra.