Hay que estar claros en que a todos nosotros nos atrae sin remedio y sin que nadie pueda negarlo, la belleza. Bien pueda encontrarse en el arte, en la música, en la literatura, o en las mismas personas que nos encontramos a nuestro alrededor, el poder admirar la belleza es una parte de lo que nos caracteriza como seres humanos. Encontrar la belleza de las cosas hoy en día se ha convertido en un arte por sí mismo, y cada día encontramos más personas que son capaces de plasmar la belleza en las más distintas y maravillosas formas.

En muchas ocasiones, este canon es tan importante, tan fascinante y tan relevante para la vida humana, que podemos encontrarnos con numerosas leyendas en las cuales las mujeres bellas forman una buena parte de estas. En los pueblos que se remontan a la era prehispánica podemos encontrar multitud de estas historias. Los mayas, más concretamente tenían una que era de gran interés. Me refiero a la conocida historia de la Xtabay. En este post conoceremos esta conocida leyenda, y cómo el hecho de ser muy bella jugó en la vida de esta mujer.

Una pequeña introducción a esta historia

Los mayas de Yucatán son, sin que quede ningún  género de duda, el pueblo indio que mejor han conservado su idioma nativo. Y esto se debe a que los mayas no han permitido aún la corrupción idiomática que introdujeron los hispanos, y que vinieron a hacer confuso todo lo referente al idioma de los pueblos cuyo día con sus pies hollaron.

Gracias a esto es que se ha podido conservar intacta una de las más bellas leyendas yucatecas, de las cientos que flotan en el aire, como el perfume de la flor Xtabentún en el viento tibio de Mayab, o que se esconden en las cavernosas profundidades de los cenotes, de donde sale el agua fresca y clara y los cuentos que perduran en el alma yucateca. Esa leyenda es la que se refiere a la Xtabay.

La leyenda de la Xtabay

Bajo la luna del antiguo Mayapan, al socaire de los asombrosos templos de los itzaes, se oye esta hermosísima leyenda, a la que nadie le agrega o le quita contenido, o se toman licencias de narración alegando que de esa forma le dan más emoción a la trama. No se ha cambiado la forma en que los narradores cuentan esta historia, a pesar de los siglos que han pasado desde su nacimiento, y esto es porque esta leyenda ha quedado inscrita en los libros antiguos y en las páginas sagradas del recuerdo Maya.

Cuenta la leyenda que la conocida Xtabay, es una mujer de gran belleza y cuerpo voluptuoso, que suele agradar a la vista de aquellos viajeros que se aventuran por los caminos del Mayab. Sentada al pie de la selva más frondosa del bosque, lo atrae con cánticos, con una voz tan hermosa que habría que estar totalmente sordo para ni ir tras ella, lo seduce con su belleza para que este se acerque y, finalmente, cuando ya lo tiene a su merced, lo destruye..

“Los cuerpos destrozados de esos incautos enamorados aparecen al día siguiente con las más grotescas marcas de mordidas, rasguños y, de cuando en cuando, el pecho abierto por unas garras.”

Muchos ladinos, gentes que desconocen el origen verdadero de la Xtabay, han dicho que esta es una hija del Ceibam, y que por ende nace de sus torcidas y serpenteantes raíces. Pero esta versión que se cuenta no es la correcta. La verdad es que esta mujer nace de una planta punzadora, mala y llena de espinas, y que si se encuentra en la ceiba es justamente porque este árbol es sagrado para los hijos de la tierra del faisán y del venado.

Vivían en un cierto pueblo de la península yucateca dos mujeres. El nombre de una de ellas era Xkeban; aunque no sería su nombre, sino más bien un apodo. En aquella cultura el significado de Xkeban, era el de prostituta. Una mujer mala que lo único que buscaba era satisfacer sus ardientes pasiones con cualquier hombre que se posase en su camino. Su verdadero nombre era Xtabay.

Muy cerca de la casa que esta bella mujer ocupaba, habitaba otra en una casa muy limpia, linda y ordenada otra mujer, conocida como Utz-Colel, que en la traducción hispana sería mujer buena, mujer decente y limpia. La Utz-Colel era una mujer buena a carta cabal, que jamás había cometido desliz amoroso alguno.

La Xtabay tenía un corazón tan grande como su belleza y su bondad. Este corazón era el que la impelía a socorrer a los humildes, ayudar al necesitado, sanar a los enfermos y ayudar a los animales que la gente abandonaba cuando eran declarados inútiles. Su grandeza de alma la llevaba hasta poblados lejanos, a los cuales llegaba con el único fin de ayudar a los enfermos y a los pobres, y se despojaba de las joyas que le daban sus enamorados y hasta de sus finas vestiduras para cubrir la desnudez de los desamparados.

Jamás levantaba la cabeza en son altivo, nunca murmuró ni criticó a nadie y con absoluta humildad soportaba los insultos y humillaciones de las gentes.

En contraste con esta, la Utz-Colel, si bien era una mujer limpia y ordenada, no albergaba dentro de ella bondad, pues ella detestaba a los enfermos y rehuía de los pobres.

Ocurrió un día en que la gente no encontró a la Xkeban por el poblado, y pensaron que de seguro se había ido a alguna aldea lejana a ofrecer su cuerpo a los múltiples hombres caprichosos que pudiera encontrar. Decidieron pasar esos días descansando de si pecaminosa presencia. No obstante, comenzaron a preocuparse cuando pasaron varios días y nadie tenía noticias de la mujer. En un momento del día, comenzaron a sentir el olor de las más fragantes flores que hubieran podido sentir; un olor que venía de la casa de la Xkeban. Al entrar en su casa, la sorpresa fue mucha, pues encontraron a la mujer en el suelo muerta, abandonada y sola.

Lo extraordinario era que la mujer no estaba sola, sino que junto a ella se encontraban varios animales silvestres, que era de los que emanaba aquel aroma.

La Utz-Colel se ensañó diciendo que aquella no podía ser más que una vil mentira, puesto que de un cuerpo corrompido por las pasiones como lo era el  de la Xkeban, no podía emanar sino podredumbre y pestilencia, pero que si aquello era cierto, como los vecinos afirmaban que era, entonces debía ser cosa de los malos espíritus; del dios del mal que continuaba provocando a los hombres utilizando aquel cuerpo.

Agregó la Utz-Colel que si de mujer tan mala y perversa escapaba en tal caso ese perfume, cuando ella muriera el perfume que escaparía de su cuerpo sería mucho más aromático y exquisito.

Más por compasión, por lástima y por su deber social, un grupo de gentes del poblado fue a enterrar a la Xkeban y se cuenta que a los pocos días su tumba estaba llena de flores silvestres y animalillos que hacían ver el lugar todavía más hermoso. Era como si toda la naturaleza, la pradera y los campos se reunieran en un solo lugar para hacer compañía a aquella mujer.

Poco después murió la Utz-Colel y a su entierro acudió todo el pueblo que siempre había ponderado sus virtudes, su honestidad, su recogimiento y cantando. Al cantar proclamaban su pureza, pues había muerto virgen y pura. Este fue un funeral con mucho llanto y dolor.

Entonces recordaron lo que había dicho en vida acerca de que al morir, su cadáver debería exhalar un perfume mucho mejor que el de la Xkeban, pero para el asombro de todos aquellos que la consideraban en vida buena y recta, al poco tiempo de entrar el cadáver al hoyo, un olor nauseabundo comenzó a emanar de este, como si se hubiese descompuesto en ese mismo instante. Asombrados como estaban, la enterraron lo más profundo que pudieron, para evitar que escapara más de aquel olor pestilente.

En su idioma maya, los viejos que aún cuentan la historia con todos los detalles, dicen que hoy en día, la florecilla que nace en la tumba de la pecadora Xkeban, es la actual flor Xtabentún que es una florecilla tan humilde y bella, que se da en forma silvestre en las cercas y caminos, entre las hojas buidas y tersas del agave. El jugo de esta florecilla tiene la capacidad de embriagar muy agradablemente, como en vida debió de haber sido el embriagador aroma de la Xkeban.

Tzacam, que corresponde al nombre de un cactus de mal olor y lleno de espinas, es precisamente el que crece en la tumba de Utz-Colel, es una florecilla que, si bien es hermosa no tiene aroma alguno, y cuando lo tiene es de un olor desagradable, como era el carácter y la falsa virtud de la Utz-Colel.

No es pues la Xtabay, la mujer mala que destruye a los hombres después de atraerlos con engaños al pie de las frondosas ceibas, pero puede ser otro mal espíritu aquel que atrae a los hombres para desgarrarlos.

Puede ser el arma errante de una de tantas vírgenes sacrificadas a la orilla del cenote sagrado; puede tratarse de la figura de una mujer que llora el engaño del amado. Inclusive puede ser la misma Utz-Colel, que muestra la envidia que llevaba en el alma cuando los hombres se dirigen hacia la Xkeban.

Pero la Xtabay, jamás.

Esto dicen las mayas, esto es lo que han contado y seguirán contando hombres de un pueblo orgulloso, que defiende sus relatos y su cultura con un aplomo digno de ser admirado.