Como bien sabemos, muchos de los países del mundo cuentan con una vasta cultura que los caracteriza por sobre encima de los demás en ciertas áreas. La gastronomía, el arte, la arquitectura, la literatura, y las leyendas inclusive; todo esto forma parte de la cultura de un pueblo, y se pone de manifiesto en su misma gente, que es capaz de llevar a cabo proezas en cualquiera de estos medios, enorgulleciendo a su país de origen. En muchos casos, tomamos más en cuenta a los artistas, a los científicos, arquitectos y otras personas, antes de tomar en cuenta a aquellos que nos narran las leyendas que nos llenan de interés.

En México esto es una parte muy importante de la cultura, pues las calles de este país tienen sobre ellas muchas leyendas que van desde relatos de terror a leyendas curiosas que puede que te pinten una sonrisa en el rostro. La leyenda de la calle de la quemada puede fácilmente considerarse como una de estas últimas. En este post conoceremos esta leyenda de amor y dolor, y también la vida de su protagonista: Doña Beatriz.

la calle de la quemada

Una calle Mexicana

Muchas de las calles del país mexicano han tomado su nombre debido a acontecimientos que ahí se suscitaron. En muchos casos de leyendas, como el callejón del beso, se han puesto nombre a las calles por las susodichas historias. También porque han sido hogar de personas de la vida pública del lugar, o que han sido de alta alcurnia. La calle de La Quemada, hoy en día lleva el nombre de 5a. Calle de Jesús María y según nos cuenta esta dramática leyenda, tomó ese nombre en pos de lo que ocurrió a mediados del Siglo XVI.

La leyenda de la calle de la quemada

Se cuenta que en los tiempos antiguos, sobre los destinos de las personas de la Nueva España, reinaba don Luis de Velasco I.

Por esa misma fecha vivían en una amplia y bien fabricada casona, don Gonzalo Espinosa de Guevara con su hija Beatriz. Los dos eran españoles recién llegados al país, y al llegar el padre llevó a cabo grandes negocios que acrecentaron su de por sí vasta riqueza. Se cuenta que si bien la riqueza de don Gonzalo era inmensa, la hermosura de su hija lo era incluso más.

Tenía veinte años de edad, y además de la belleza de la juventud, contaba también con una tez blanca, unos ojos hermosos y un cuerpo bellísimo que a más de uno hacían suspirar. Se cuenta que la sonrisa de la joven podría derretir el corazón más duro.

Se cuenta que su hermosura iba a la par de una gran bondad y una gran dulzura que anidaban también en su alma, pues gustaba de amparar a los enfermos, curar a los apestados y socorrer a los humildes, por los cuales llegó a despojarse de sus valiosas joyas en plena calle, para dejarlas en esas manos temblorosas y enfermas.

Muchos caballeros y nobles galanes desfilaron ante la casa de doña Beatriz, enamorados de aquella joven dueña de tantas virtudes, sin que esta aceptara a ninguno de ellos, por más que todos ellos eran buenos partidos para un matrimonio.

“Finalmente llegaría aquel caballero que el destino le enviaría para que se convirtiese en su esposo, en la persona de don Martín de Scópoli, un apuesto caballero italiano que se prendó de inmediato de la hispana y comenzó a amarla con pasión y locura.”

Tal fue el enamoramiento de este hombre, que plantado en mitad de la calleja en donde estaba la casa de doña Beatriz, se oponía al paso de cualquier caballero que tratara de transitar cerca de la casa de su amada. En más de una ocasión hubo peleas por parte de estos hombres, pero don Martín se las arreglaba para vencer siempre. Muchas veces asesinaba a los hombres en aquellas peleas.

Doña Beatriz, que amaba ya a don Martín por su porte y galanura, supo lo de tanta sangre corrida por su culpa y se llenó de pena y de angustia y de dolor por los hombres muertos y por la conducta celosa que observaba de aquel hombre al que amaba.

Una noche, después de rezar ante la imagen de Santa Lucía, tomó una terrible decisión para que Don Martín de Scópoli dejara de amarla para siempre.

Al día siguiente, tras arreglar ciertos asuntos que no quería dejar pendientes, como su ayuda a los pobres y medicinas y alimentos que debían entregarse periódicamente a los pobres y conventos, despidió a toda la servidumbre, después de ver que su padre salía con rumbo a la Casa del Factor.

Llevó hasta su alcoba un brasero, colocó carbón y le puso fuego. Las brasas ardieron casi de inmediato, y el calor en el anafre fue intenso. En ese momento, en el que las brasas desprendían más calor, doña Beatriz, sin dejar de invocar el nombre de Santa Lucía, y pensando en don Martín, se arrodilló junto a las brasas y hundió el hermoso rostro en el fuego.

la calle de la quemada

Las brasas ardieron, y un olor a carne quemada se esparció por la alcoba, antes olorosa a jazmín y almendras, y al pasar unos minutos de intensa agonía, doña Beatriz lanzó un grito espantoso y cayó desmayada junto al anafre.

Quiso Dios y la suerte que acertara a pasar por allí el fraile mercedario Fray Marcos de Jesús y Gracia, quien por ser confesor de doña Beatriz entró corriendo a la casona después de escuchar el grito tan agudo y doloroso.

Encontró a doña Beatriz aún en el piso, la levantó del suelo con mucho cuidado, y fue corriendo a colocar a la mujer hierbas diversas y vinagre en el rostro quemado, mientras le preguntaba lo que le había acontecido.

Y doña Beatriz, que no mentía, y menos a Fray Marcos de Jesús y Gracia, que era su confesor, le explicó los motivos que tuvo para llevar al cabo tan horrendo castigo. Le dijo finalmente que esperaba que con ese rostro tan horrible, don Martín ya no la celaría más, y dejarían de existir los duelos y las reyertas que terminaban siempre con la vida de otros hombres.

“El religioso fue en busca de don Martín y le explicó lo sucedido, esperando también que la reacción del italiano fuera en el sentido en que doña Beatriz había pensado, pero no fue así.”

El caballero italiano salió corriendo de inmediato a la casa de doña Beatriz, a quien encontró en su sala, sentada en un cómodo sillón con un cojín de terciopelo color carmesí. En su rostro, anteriormente hermoso, llevaba un velo que se veía cubierto de sangre negra. El hombre estaba asustado de la escena, pero no por lo que hubiese bajo el velo, sino porque había llevado a la mujer que amaba a cometer un acto tan horrible debido a sus celos.

Con sumo cuidado le descubrió el rostro a su amada, y al hacerlo no retrocedió horrorizado. Más bien, se quedó atónito, apenado, mirando la cara hermosa y blanca de doña Beatriz, horriblemente quemada.

Bajo sus antes arqueadas y pobladas cejas, había dos agujeros con los párpados chamuscados, sus mejillas sonrosadas, eran cráteres abiertos por donde escurría un agua purulenta, y los labios antes bellos, carnosos, dignos de un beso apasionado, eran una rendija que formaban una mueca capaz de asustar al más valiente.

Al hacer este sacrificio doña Beatriz pensó que don Martín iba a rechazarla, a despreciarla como esposa, pero no fue así. El marqués de Piamonte se arrodilló ante ella y le dijo con frases en las que no solo se adivinaba, sino que rebosaba la ternura:

―Ah, mi amada doña Beatriz, yo os amo no por vuestra belleza física, sino por vuestras cualidades morales; sois buena y generosa, sois noble, y vuestra alma es grande…

El llanto cortó las palabras del hombre, y los dos, abrazados, lloraron de amor y ternura.

―En cuanto regrese vuestro padre, os pediré para esposa, si es que vos me amáis. Terminó diciendo el caballero.

La boda de doña Beatriz y el marqués de Piamonte se celebró en el templo de La Profesa y se dice que fue el mayor acontecimiento de aquellos tiempos. Don Gonzalo de Espinosa y Guevara gastó gran fortuna en los festejos y por su parte el marqués de Piamonte regaló a la novia vestidos, alhajas y mobiliario traídos desde Italia.

“Claro está que doña Beatriz al llegar ante el altar se cubría el rostro con un tupido velo blanco, para evitar la insana curiosidad de la gente y cada vez que salía a la calle. Cuando se dirigía sola al cercano templo a escuchar misa o acompañada del esposo, lo hacía también con el rostro cubierto por un velo negro para evitar las maledicencias de la gente.”

A partir de entonces, aquel lugar que si bien ha cambiado de nombre varias veces, se sigue conociendo por los pobladores como la Calle de la Quemada, en honor a los acontecimientos que allí tuvieron lugar, a doña Beatriz y don Martín, que hoy en día forman parte de una leyenda que se repite, cambiando con el tiempo de narradores, pero conservando el gran amor que existía entre ellos.