A todos nosotros podemos estar claros que nos gustan las historias. La forma de vida del ser humano es en buena parte producto de su cultura, y esta, a su vez, es en parte producto de las cosas que escucha, lee y habla.

De esta manera, el ser humano como persona y como raza, es también el resultado de la cultura autóctona del país en que crece, y en medio de esta cultura podemos encontrar el tema de las leyendas; que proliferan en lo que se refiere a los lugares de habla hispana, y México es uno de los países de habla hispana que cuenta con una mayor cantidad de historias.

Entre las ciudades conocidas por sus leyendas, Guanajuato se gana su puesto por tener entre sus historias una leyenda tan romántica como lo es la leyenda del callejón del beso; una leyenda que enmarca una historia de amor y dolor en una calle guanajuatense, que ha durado hasta los tiempos de hoy día por lo que representa para las personas que día a día concurren por sus calles y visitan este lugar, en el que se suele decir que todavía en este tiempo, puede sentirse el amor de esta pareja.

Conozcamos el lugar de la leyenda

Esta leyenda toma lugar en Guanajuato, durante los tiempos prehispánicos, de la misma manera que muchas de las leyendas que adornan a este hermoso país que es México.

Guanajuato, en sí misma, es como una ciudad que ha sido extraída de las entrañas mismas de un cuento de hadas. En el centro histórico que la conforma parece ser que el tiempo no transcurre de la misma manera que en el resto del mundo, enlenteciendo su paso para dejar en el lugar una atmósfera atemporal de belleza y longevidad.

Sus coloridas fachadas son una forma de alegrar la vista de los transeúntes, que pasean en libertad por la ciudad en busca de los lugares históricos de la misma, en los que pareciera que la historia puede revivirse como si se hubiera estado allí cuando tuvo lugar; sus callejones estrechos son una emulación que te hace sentir de verdad como si te encontraras en las callejuelas europeas de tiempos más antiguos y sencillos.

Su comida, por supuesto, es parte de ese exquisito sabor que llena de sensaciones no solo la lengua, sino el paladar, la mente y los sentidos. Pero, además de la magnífica comida, las vistas y la historia que puedas encontrarte mientras visitas este lugar, existe otro motivo por el que las personas no dejan de acudir a Guanajuato: sus leyendas.

En esta ciudad se encuentra una buena cantidad de historias que pueden, desde poner la piel de gallina, hasta enternecer el corazón más duro; pueden hacerte pasar por la alegría y la tristeza, y más aún cuando son contadas por las personas que conocen de memoria y vida las leyendas de su país.

Entre las leyendas más importantes de este lugar, que no envejece así pasen los años, pues el lugar en que se inició es conocido como un patrimonio de ese lugar, es la leyenda del callejón del beso.

El callejón del beso: Una historia de amor

Al adentrarnos en la época prehispánica, dentro de los hogares de barro y las familias con ascendencia española, nos encontramos en el Guanajuato de antaño, un lugar en que ser un hombre, y más si eras español, te permitía tener la potestad de gobernar sobre tu familia.

Cuenta la leyenda, que doña Carmen (porque no importaba la edad que tuvieras en ese tiempo, si eras una mujer acomodada, te conocían como doña) era la única hija de un padre que, si bien la quería como a la niña de sus ojos, era un hombre que era considerado por todos como violento e intransigente.

Se decía que el hombre no permitía que su hija saliera más que para la misa y para las actividades que tenían que ver con sus deberes eclesiásticos, pues el hombre deseaba que su hija se convirtiese en monja, o que al menos fuese una mujer piadosa. Cuando la hija salía, indiferentemente del lugar al que fuera, su padre estaba muy cerca, vigilando sus movimientos.

Pero doña Carmen tenía, sin que lo supiera su padre, un enamorado llamado don Luis, que la cortejaba cada vez que ella pasaba por el templo al que él acudía. Un día, en el templo cercano a la localidad en que ella vivía, don Luis la encontró, y fue un flechazo instantáneo en el momento en que ambos tocaron sus manos en la fuente de agua bendita.

El problema que aparece en la cuestión, fue que el padre de Carmen se enteró del suceso, causando en el hombre la mayor desdicha de su vida. Le dijo a Luis cantidad de cosas antes de marcharse airado de aquel templo, llevándose a su hija, a la cual encerró en su casa, y la amenazó con llevársela a un convento y dejarla allá si ella no respetaba su deseo.

Ya que ella tenía tantos deseos de tener un hombre en su vida, lo tendría; solo que no sería don Luis, sino que su padre decidió casarla con un noble en España, pues de esta forma podría pasar a formar parte de una familia noble, y él podría encontrar algunos recursos con los cuales echar mano a su mermada hacienda. el hombre planificó todo esto, y dejó a su hija llorando en su alcoba.

La bella dama y su dama de compañía, la Sra. Brígida, lloraron juntas, e imploraron al padre santo, a las vírgenes y a todos los santos que conocían por la criatura. Al final de los rezos, y antes de someterse al sacrificio, doña Brígida llevó una carta a la casa de don Luis, explicando en ella la triste noticia.

El enamorado tomó en sus manos la carta y lloró amargamente por la situación a la que se veía sometido no solo él, sino la maravillosa criatura a la que amaba como a ninguna otra. Se prometió a sí mismo finalmente, que no iba a someterse y entregar a su amor sin luchar por ella. El hombre urdió un plan junto a Brígida, para poder encontrarse con su amada antes que tuviese que partir.

Si había algo bueno que tenía aquella pareja, era que el aposento de doña Carmen daba justo al frente del lugar en que don Luis tenía su sala personal, en la que se dedicaba a la lectura y la escritura. En el callejón tan estrecho en que ambos vivían, solo necesitaba abrir su ventana y dar un paso hacia la ventana de la habitación de doña Carmen para estar con ella; pero jamás lo intentó porque esto sería una falta de decoro.

Aquella noche, sin embargo, muy poco le importó el decoro y el qué dirán. Se lanzó por la ventana para poder ver a su amada.

No hace falta decir cuál fue la sorpresa de Carmen una vez que encontró al hombre que amaba en su habitación, y una vez que este le dijo que había venido por ella, para llevarla lejos de su padre y vivir su romance juntos. La mujer, emocionada y llena de amor, decidió que si bien podía ser el último día que viera a su amado, viviría esa experiencia que solo puede ser digna de vivirse cuando se hace con el ser amado. Esa noche se entregaron al idilio del amor juntos, como un solo ser, y una sola carne.

El padre, debido a los sonidos, se enteró de lo que se hacía en la habitación y salió corriendo a toda prisa a la habitación de su hija, en la que se encontró a Brígida en la puerta.

Se cuenta que la joven pareja escuchó los gritos y los forcejeos que llevaban a cabo doña Brígida y el padre de Carmen, y que al hacerlo se vistieron a toda prisa y buscaron escapar por aquella ventana; no obstante, el padre de Carmen, al ser un hombre fornido y tozudo como él solo, echó finalmente a doña Brígida a un lado, causando que esta cayese por las escaleras, y entró al cuarto de su hija, armado con una daga con la que esperaba vengar la afrenta.

El hombre, lleno de rabia, descargó el cuchillo, no sobre el hombre que lo había agraviado, sino sobre el pecho de su hija, a quien agarró del brazo una vez que intentaba saltar con don Luis por la ventana.   Ella, con dolor en su corazón, se aferraba aún a la mano de don Luis, hasta que una segunda y una tercera puñaladas la hicieron ceder en el agarre y soltar a su amado.

Luis, con un último hálito de fuerza, jaló la mano de Carmen y la miró a los ojos mientras que la vida escapaba de ellos a una rapidez vertiginosa. Se cuenta que antes de que ella exhalara su último aliento, Luis tomó su mano y la llevó a su boca; en ella se sentía ya el frío de la muerte, pero el buscó entibiarla con un último beso.

Ella lo vio, y con la mirada le dijo que lo amaba, y que en ese escaso tiempo que estuvieron juntos había sido una mujer verdaderamente feliz. Aquel beso, que fue dado mientras el brazo de Carmen se encontraba en el callejón, entre una ventana y la otra, es lo que hoy en día le da a ese lugar el nombre de callejón del beso.